martes, 15 de abril de 2008

El Pargo Negro. Leyenda de Panamá

El Pargo Negro
Por: Manuel María Alba C.


En cierta población de Veraguas reside todavía un caballero de piel tostada por el sol de los milenios, cuyo oficio en sus días mozos fue de "Buzo de máquinas"; oficio en el cual alcanzó gran fama, no sólo por ser muy afortunado en sus incursiones como operario bajo el agua, sino por sus arrestos al atreverse a llegar a sitios y profundidades a las cuales sus compañeros de brega, más prudentes, evitaban aventurarse normalmente.
Sus visitas al lecho del mar, embutido en su escafandra, excedieron del millar durante los años en que día tras día a lo largo de la temporada de bucería denodadamente afrontó los peligros renovados, permanentes, del oficio.
En ellos, su planta de peregrino se posó repentinamente en cuantos sitios, frente a nuestra costa del Pacífico, donde lo llevaron las circunstancias del oficio que existía una posibilidad para la empresa.
En ellos vio también multitud de veces las algas marinas de extrema belleza que sólo prosperan en profundidades no menores de quince brazas sobre el lecho del mar; los cirios que llevan con justicia su nombre; la enorme variedad de conchas y caracoles que poseen nuestros mares; las esponjas y los corales cuya extracción constituía la porción estrecha del negocio, que por aquellos días era la búsqueda de perlas, antes de que ese comercio viniera a menos.
A sus recuerdos debemos esta narración:
El bajo de Canora, nos dijo, es un sitio rocoso localizado en el vértice de un triángulo cuyas bases visibles son la desembocadura de los ríos Fonseca y Dipí, a la misma altura de las Ventanas.
Dista una media milla de la costa, y su profundidad mayor aproximadamente es de doce brazas solamente, con marea seca. Está orientado paralelo a la costa, esto es, este a oeste, con una pequeña desviación al sur.
Entre todos los del oficio circulaban persistentemente el rumor de que en aquel lugar existía una hermosa perla.
Estos rumores entre la gente de nuestro oficio nadie sabe de donde salen, ni por qué, pero generalmente resultan ciertos por alguna causa, y de allí que con frecuencia algunos de nosotros nos arriesgáramos en sitio peligroso.
Tal acontecía, y acontece todavía, con Bajo de Canoa. De allí que cuando nuestra flotilla operaba en las inmediaciones de las islas Contreras, alguien se aventurara en aquel sitio, aún a sabiendas de que el lugar debido a más que otras causas, a su configuración topográfica y a las corrientes que allí en el fondo circulan con mucha fuerza, es de los más peligrosos en todo el litoral chiricano.
El cabo de vida que conmigo trabajaba, un bombero, dos marineros y yo, fondeamos momentáneamente en aquella ocasión, nuestra embarcación, justamente en el extremo occidental del bajo.
Recuerdo que habíamos planeado recorrer la porción de fuera, o sea la del sur del bajo que ocupa una extensa superficie.
Era el mes de febrero y las aguas estaban muy claras en el lugar, circunstancia que quisimos aprovechar, ya que el río Fonseca con sus crecientes las ensucia con frecuencia, y en esa época del año rara vez dicho río crece con agua de montaña.
Como de costumbre, sin preocupaciones vestí mi traje de labor, y recordando lo peligroso del sitio, pedí a mis compañeros, lo que no hacía con frecuencia, mantuvieran una señalada vigilancia, ya que todos saben que la vida del buzo bajo las aguas, depende casi totalmente de sus compañeros, y siempre existe la posibilidad de ser arrastrado por la corriente a lugares muy difíciles.
Bien ajeno a otros peligros bajé la escala y descendí verticalmente al fondo, el que no recuerdo bien si llegué a tocar con los dos pies, pues que inmediatamente me vi acometido por el más fiero y gigantesco pargo negro que en nuestros mares han visto ojos humanos.
Su largo era de entre cuatro y cinco metros, algo más grande que nuestra chalupa, y su mandíbula inferior y la superior también estaba provista, como un jabalí de pequeños cuernos que eran sus dientes, los mismos que sobresalían hasta la altura de sus ojos, rojos y más grandes que nuestra moneda de un balboa.
Dio una vuelta en derredor mío haciendo rebullir el agua, no sólo por la velocidad de su volumen, y con un rápido movimiento se me vino encima.
Aún ignoro cómo pude librarme de su primera acometida, empleando para ello la pequeña lanza de acero que constituye una parte de nuestro instrumento de trabajo; mientras que con urgencia extrema pedía a mis compañeros un auxilio, que no obstante la prontitud con que me fue otorgado llegó tardíamente, ya que al cerrar bruscamente la válvula de aire, mi traje me llevó rápidamente a flote, y ellos me izaron prontamente.
Era tiempo:
El pargo que se había retirado un momento, reapareció de nuevo en la superficie, flotando cerca de nuestra embarcación.
Por fortuna mis compañeros se habían dado prisa en ayudarme a subir a la cubierta. Así salvé la vida.
Había en aquellos ojos más rojos que un tizón encendido tanta fiereza, que aún hoy después de medio siglo de aquel percance, no sé como explicarme el estar con vida.
Calló un momento. Sus ojos cansados de ver tanto, brillaron un momento, mientras que su nariz chata se dilató para calmar su emoción.
Las gentes de la costa, agregaron a manera de epílogo, continúan creyendo que en el Bajo de Canoa hay una valiosa perla. Pero ahora saben que, como es costumbre, ésta tiene un guardián y que éste es el enorme pargo negro, cuya acometida nadie desea afrontar. Ningún buzo ha vuelto a bajar en aquel sitio...
Tomado de:
Somos Panamá. com